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jueves, 10 de noviembre de 2022

Orígenes de Tragacete

Tragacete en otoño

 








Texto recogido del libro "Pueblos y Paisajes" de Miguel Romero Sáiz.

«Hablar del cerro de San Felipe, techo de la Sierra de Cuenca, y a su lado, oír el susurro de la corriente que genera el río Cuervo, en su discurrir, te permite conocer la ubicación de un término, que de por sí, es tan antiguo como la madre Naturaleza.
Las aguas del Cuervo, que nacen en la vertiente noroccidental del cerro de San Felipe, las del Júcar, a unos cinco kilómetros, y al lado las del Tajo, que surcan los tilos centenarios, forman el enclave de un lugar señorial, por su estampa, y antiguo por su origen: Tragacete. 
Al final de la Edad del Bronce, y cuando hasta aquí llegan los pueblos indoeuropeos van mezclando su sangre con la población autóctona. Un pueblo, el celtíbero, forma hogar. 
La extracción del hierro, fundamental para la vida de este período, generó en lugares de la Serranía Alta condicionantes de poder. Tragacete fue uno de ellos, los romanos en su tiempo, nos dejaron su puente sobre el Júcar, y los visigodos después, explotarían su yacimiento mineral.
Sin embargo, la riqueza de su suelo fue siempre un bien apreciado. Las masas ferruginosas, antes citadas, con la abundante madera, aprovechada por los musulmanes para astilleros, y la explotación de ricas salinas, formaban el triángulo económico en el que se consolidó su evolución demográfica, creando lugar de poblamiento y núcleo importante de la Alta Sierra.
Tragacete adquiere ese nombre en base al arbusto que se cría en las riberas de sus ríos, y cuyo nombre "taraje" nos conduce etimológicamente a Tragacete, como pequeño lugar abundante en tarajes.
En el período repoblacional, este lugar adquiere la importancia que le marcará la historia, al llegar hasta aquí gentes del Señorío de Molina y establecer sus linajes.
A consecuencia de la caída del rey Lobo, rey musulmán de Murcia, cuyos dominios hasta aquí llegaban, los cristianos ocuparon varios castillos de la Sierra, más allá de Beteta, y así D. Pedro Manrique de Lara adquiere el de Tragacete, cuya villa pobló, allá por el 1202, según consta en un documento, en el cual, el rey Alfonso VIII otorga y confirma la venta de Tragacete, que Doña Mafalda, viuda de Pedro Manrique, junto a su hijo Gonzalo Pérez, hicieron al Concejo de Cuenca por cuatro mil maravedís, exceptuando las Salinas que allí se explotaban y que Alfonso VIII reservó para él:
"Yo, Alfonso, Rey de Castilla y de Toledo, ... confirmo al Concejo de Cuenca la compra que hizo de Tragacete a Doña Mafalda, mujer de Pedro Manrique y a su hijo Gonzalo Pérez por cuatro mil maravedís para que tenga y posea la aldea de Tragacete como término de Cuenca, con todas sus posesiones y pertenencias, tierras, prados, aguas, ríos, bosques y dehesas, por derecho hereditario a perpetuidad, excepto las Salinas allí existentes que las reservo para mi causa."
En otro documento fechado el 25 de octubre del mismo año 1202, Alfonso VIII concede al Obispo San Julián y a los canónigos de su Iglesia el diezmo de las rentas de las Salinas de Tragacete...»

Como podemos comprobar a través de este texto, los períodos repoblacionales han sido necesarios y se han sucedido en diferentes épocas, llegando hasta nuestros días con su bagaje de historia viva. 

miércoles, 5 de octubre de 2022

MIGUEL ROMERO Y TRAGACETE

 

Ayuntamiento de Tragacete








Siempre es un placer, leer y escuchar a Miguel Romero, gran conocedor de la historia de muchos pueblos. En este caso un gran honor que lo haga hablando del nuestro. Gracias Miguel, amigo mío.

Tragacete y San Miguel

En La Serranía de Cuenca hay belleza por doquier. Vayas por donde vayas, busques caminos forestales, senderos o barrancos, subas hacia la Alta, recorras la Media o transites la Baja, te encontrarás pueblos, humildes y despoblados, pero bellísimos en encanto y paisaje, con  hospitalarias gentes como bandera.

Uno de los más bonitos es Tragacete. Allí, donde se ha puesto esa “Enseña de Desarrollo Rural” con facilidades para la llegada de nuevos pobladores, con Jornadas universitarias encaminadas a buscar sinergias para evitar la Despoblación, y con la puesta en valor de cursos de formación en la educación por haberse instalado allí la Fundación de Maestros, es un vivo ejemplo.

Ahora, vienen sus fiestas patronales y es San Miguel quien las bendice. Por eso, quiero y debo hablar de este lugar, histórico y moderno, tradicional y festivo, haciéndolo con ese bosquejo de su pasado, recordando algunos lugares de su excelso paisaje y sintiendo, como no, su paisanaje.

Este lugar, acurrucado a los pies del cerro de San Felipe, techo de la Sierra de Cuenca, encuclillado al lado del río Cuervo y su nacimiento, no muy lejano de las aguas del Júcar e incluso de las del Tajo, tiene un privilegiado enclave donde la Naturaleza le ha hecho privilegio de encanto.

Pero, su belleza le ha dado siempre el significado de su acontecer y su ubicación en tierras de montaña, al lado de enclaves poderosos, su gran peso en la historia. Aquí, después que el romano quisiera aprovecharse de sus salinas, la dependencia vino a generar el peso cristiano cuando desde el Señorío de Albarracín, un tal Azagra, disputara su poder con el otro señorío de Molina, potestad de don Manrique Pérez de Lara, abusando uno y otro, en prebendas y diezmos.

Tal fue la importancia de estas tierras que la ciudad de Cuenca durante el dominio de Alfonso VIII compró este lugar y sus salinas, el 3 de febrero de 1202 a su, por entonces, propietaria, la condesa doña Mafalda, viuda del conde don Pedro Núñez, concediéndole de esa manera los diezmos salinares a la catedral conquense.

Pero es en el siglo XIV cuando adquiere mayor protagonismo, pues Alfonso XI la concede a la familia de los Albornoz y ahí alcanza cierto rango como potestad de esta gran familia, sobre todo en tiempos de don Alvar García de Albornoz, noble de fuerte poder en aquellos tiempos de intrigas nobiliarias, asesor impenitente del propio rey Enrique II, el de las Mercedes.

Buen sitio este lugar de Tragacete. Desde sus tiempos de pertenencia a los marqueses de Cañete, aquellos Hurtado de Mendoza, con Prestameras y Beneficios a la capilla del Espíritu Santo de Cuenca, buenas Canonjías, su patronazgo a San Miguel, advocación de su bella parroquial, edificio solemne con bella espadaña y dos portadas que dan entrada a una nave amplia y bien artesonada, con modillones en las vigas centrales, retablo de piedra y mármol, pila bautismal, sencilla y de gallones, a los tiempos modernos, ahora, con buen turismo recibido, este lugar ha sido núcleo de la comarca.

Por eso hay que destacarlo. Ahora, su infraestructura es amplia. Hotel, hostales, restaurantes, casas rurales, amplias veredas de servicios y un sinfín de paisajes que incitan a un turismo rural donde la belleza y el sosiego te pueden provocar constante deseo de visita.

Todos recuerdan aquellos años de trashumancia, la Cañada Real de Zaragoza a Andalucía por Valencia, la que desde aquí partía y que, salvando el río Tajo por la Dehesa de Belvalle discurría aguas arriba del río Cuervo, cruzando los límites de la Vega del Codorno y Tragacete para descender hacia Las Majadas y Villalba. Aquellas cabañas ganaderas de Juan Rodríguez, Francisco de la Cueva o Esteban Sánchez nos advierten de la buena lana que aquí se criaban e hicieron del lugar, por entonces, privilegio de pocos. 

Una maravillosa naturaleza en un término indescriptible donde los montes de la Fuenseca, Cerro de En Medio, Solana de San Felipe, la Cordillera, Puntal de la Hoya, los Callejones, la Dehesa Boyal del Enebral y el Rincón de la Gitana, hacen brillar las maravillas que San Miguel Arcángel desde su iglesia bendice y hace reencuentro festivo en ese mes de septiembre con buenas verbenas, toros y jolgorio, manteniendo incluso aquellas tradiciones de antaño.

Miguel Romero Sáiz, Cronista Oficial de Cuenca, en su blog On the Road de Las Noticias de Cuenca.

viernes, 23 de octubre de 2020

Pueblo de Cuenca

 

MAPA DE POSTAS DE 1810













En el libro de Miguel Romero de Pueblos de Cuenca, habla así sobre el nuestro.
Este lugar, acurrucado a los pies del cerro de San Felipe, techo de la Sierra de Cuenca, encuclillado al lado del río Cuervo y su nacimiento, no muy lejano de las aguas del Júcar e incluso de las del Tajo, tiene un privilegiado enclave donde la Naturaleza le ha hecho lugar de maravilloso encanto.
Pero, su belleza le ha dado siempre el significado de su acontecer y su ubicación en tierras de montaña, al lado de enclaves poderosos, su gran peso en la historia. Aquí, después que el romano quisiera aprovecharse de sus Salinas, la dependencia vino a generar el peso cristiano cuando desde el Señorío de Albarracín, un tal Azagra, disputara su poder con el otro señorío de Molina, potestad de Don Manrique Pérez de Lara, abusando uno y otro, en prebendas y diezmos.
Tal fue la importancia de estas tierras que la ciudad de Cuenca durante el dominio de Alfonso VIII compró este lugar y sus Salinas, el 3 de febrero de 1202 a su, por entonces, propietaria, la condesa doña Mafalda, viuda del conde don Pedro Núñez, concediéndole de esa manera los diezmos salinares a la Catedral conquense.
Pero es en el siglo XIV cuando adquiere mayor protagonismo, pues Alfonso XI la concede a la familia de los Albornoz y ahí alcanza cierto rango como potestad de esta gran familia, sobre todo en tiempos de Don Alvar García de Albornoz, noble de fuerte poder en aquellos tiempos de intrigas nobiliarias y, asesor impenitente del propio rey Enrique II, el de las Mercedes.
Buen sitio este lugar de Tragacete. Bueno en paisaje y en paisanaje.
Desde sus tiempos de pertenencia a los marqueses de Cañete, aquellos Hurtado de Mendoza, con prestameras y beneficios a la capilla del Espíritu Santo de Cuenca, Buenas Canonjías, su patronazgo a San Miguel, advocación de su bella parroquial, edificio solemne con bella espadaña y dos portadas que dan entrada a una nave amplia y bien artesonada, con modillones en las vigas centrales, retablo de piedra y mármol, pila bautismal, sencilla y de gallones, a los tiempos modernos, ahora, con buen turismo recibido, este lugar ha sido núcleo de la comarca.
Por eso hay que destacarlo. Ahora, su infraestructura es amplia. Hotel, hostales, restaurantes, casas rurales, amplias veredas de servicios y un sinfín de paisajes que incitan a un turismo rural donde la belleza y el sosiego te pueden provocar constante deseo de visita.
Todos recuerdan aquellos años de trashumancia, la Cañada Real de Zaragoza a Andalucía por Valencia, la que desde aquí partía y que, salvando el río Tajo por la dehesa de Belvalle, discurría aguas arriba del río Cuervo, cruzando los límites de la Vega del Codorno y Tragacete para descender hacia las Majadas y Villalba. Aquellas cabañas ganaderas de Juan Rodríguez, Francisco de la Cueva o Esteban Sánchez nos advierten de la buena lana que aquí se criaba e hicieron del lugar, por entonces, privilegio de pocos. Ese entorno de Parque Natural de la Serranía, hacen de este enclave un deseado punto de necesaria visita.