Los
peones segadores eran temporeros itinerantes que se contrataban temporalmente
para la recogida de la mies en verano.
Formaban
cuadrillas organizadas para segar con hoz o guadaña (Dalla en nuestro pueblo),
con largas jornadas de trabajo físico bajo un sol abrasador. Muchas cuadrillas
venían de climas más cálidos, donde ya habían acabado la cosecha. Eran
conocidos por sus habilidades en la forma de trabajar, viajaban a pie o en
carros, llevando a cuestas sus escasas pertenencias.
Su
trabajo requería gran fuerza, ya que todo se hacía a mano, lo recogían en
gavillas y las transportaban a la era para proceder a su trilla.
Solían
vestir camisas de algodón, la mayoría de las veces remendadas; pantalón de pana
raído (típico de la época); calzados con abarcas en los pies, atadas a los
tobillos, y calcetines, llamados piales, con tela como de lona para que no se
pegasen espigas y cerones. Llevaban un pañuelo anudado al cuello, para absorber
el sudor, y un gran sombrero de paja para protegerse del sol.
Vivían
situaciones de precariedad, durmiendo en pajares o a la intemperie, algo que no
ha cambiado en algunas partes de nuestro país, en el que todavía hay temporeros
en las mismas condiciones.
Se
ajustaban por un sueldo y la comida, y los primeros en llegar elegían sitio,
dejando a los últimos las casas donde nadie quería ir.
Como
todo se hacía de manera manual, la hoz y la guadaña eran los instrumentos utilizados.
Recogían el cereal con una mano, que se protegía de los cortes con una especie
de dedil de madera, llamado zoqueta, y en la otra mano llevaban la hoz para
segar. La hoz tenía una hoja metálica en forma de media luna, y un mango corto
de madera. La guadaña, era una cuchilla también curva, pero mucho más larga; ajustada
a un palo largo, o astil, se manejaba con las dos manos con un característico
movimiento de cintura que permitía cortar la hierba y la maleza más
extensamente.
Tras
las dura jornada de trabajo, era habitual verlos con la piedra de afilar,
preparando sus instrumentos, la hoz y la guadaña, para la siguiente jornada, pues
el filo era fundamental para segar correctamente y con rapidez, porque solían
ajustarse a destajo.
Cuando
finalizaban la cosecha recogían sus bártulos, y se iban a otro pueblo, despidiéndose
hasta la siguiente temporada.
Con
el avance de la tecnología, los temporeros fueron desapareciendo, ya que el
trabajo que una cuadrilla podía realizar en todo un día, la cosechadora lo hacía en un par de horas, con un solo
operario.
Siguen
existiendo cuadrillas para la recogida de la fresa, la vendimia o los ajos, etc.,
productos frágiles, donde la maquinaria es más difícil de usar.
Aunque
las condiciones laborales de los temporeros actuales tienen mayores garantías,
todavía existe muchísima precariedad en el sector. Cuando nos llevamos una
fresa a la boca, solo nos fijamos en el sabor, ni siquiera se nos ocurre pensar
cómo llega a nuestra mesa.
¡¡FELIZ
VERANO!!
