Luego había juegos de chicos y chicas,
la gallinita ciega, se le tapaba los ojos al que se quedaba y se le daba
vueltas y tenía que coger a los otros y adivinar quién era; el pañuelo, salían
dos corredores de los equipos alineados y el primero que cogía el pañuelo y
volvía a su fila ganaba; la maya, como el bote-bote que juegan
ahora los niños: en la ventana del Ayuntamiento (lo que es la actual oficina de
Turismo), se ponía una piedra y el que se quedaba iba nombrando a cada uno
de los que encontraba, y si alguno de los escondidos llegaba a la piedra antes
decía: alzo la maya por todos mis compañeros y por mí el primero, y
repetía el que se quedaba. El balón prisionero se jugaba con dos equipos
situados cada uno en rectángulos grandes, y se lanzaba la pelota a un jugador
contrario que si no la cogía quedaba eliminado. Otro juego compartido por chicos y chicas, y
un poco bestia era el churro, en el que se saltaba sobre un niño haciendo
un montón. Desde la distancia no sé cómo no tronchábamos a alguien.
Había juegos según las épocas, la taba,
se jugaba como a los dados con huesos de cordero; cuando llegaban los
albaricoques, se guardaban los cucos y se jugaba con ellos al gua, un
agujero que se hacía en la arena de la Plaza. Los que tenían mayor poder
adquisitivo jugaban con canicas de cristal.
Cuando pasaba la fiesta de San Miguel se
jugaba a toros, y otros desde pequeños les gustaba jugar a policías
o ganaderos, éstos con latas de tomate formaban su rebaño y lo llevaban
arrastrando con un palo hasta el río para que bebieran agua. La imaginación
suplía la falta de juguetes en aquélla época.
Otros juegos tradicionales eran el escondecorreas, y al que iba buscando la correa lo golpeaban, y cuando la encontraba salía él detrás de los demás dando correazos. Se jugaba con cualquier material: con una pelota de trapo, o dando patadas a unas chapas, o con el aro, un círculo de hierro que hacía el herrero guiado con un gancho para mantenerlo rodando; con el trompo, un trozo de madera de forma cónica con una punta metálica que se liaba en una cuerda y al desenrollarla giraba en el suelo. Luego llegarían juegos más modernos como el yo-yo, o el hula-hop. En la escuela se jugaba a los cromos y luego se intercambiaban los que te salían repetidos en las chocolatinas. El hinque, que consistía en arrojar un clavo en la arena de la plaza, o en terrenos húmedos.
Mientras que hay juegos que se pierden
ya en la memoria como el fotre, otros siguen con más fuerza. Los chicos
decidieron hacer porterías en condiciones en las eras, y con palos que trajeron
del campo construyeron unas reglamentarias. Con cuerda de pita y bramante
hicieron las redes en la cuadra de mi casa. Recuerdo a Pepe el de Policarpo y a
mi hermano Gerardo, todas las tardes hasta que las terminaron, y cada día que
iban a jugar las llevaban y montaban, y al terminar las recogían de vuelta a
casa.
Sin olvidar el trinquete que antes se jugaba a mano, después con raquetas de madera hasta llegar a las actuales. Un año nos trajeron los Reyes los juegos reunidos geyper, lo que era ideal en lo más crudo del invierno cuando no se podía salir por los tascazos de nieve. Los juegos solían finalizar cuando empezaba a anochecer.
En la actualidad los niños, en los pueblos, todavía salen a jugar en verano a la calle aunque van ganando los videojuegos en ese aspecto. La infancia es el período en el que está todo por aprender, por descubrir, donde la imaginación juega un papel primordial. Hoy en día es más cómodo darles a los niños un móvil con videojuegos para que no molesten. Desde mi punto de vista, jugar en la calle con otros niños hace que la vida se vea de otra manera, y entre todos deberíamos ayudar a recuperar ciertas costumbres.
¡JUGAD, SED FELICES!
En recuerdo de mi hermano y de todos aquellos que con ilusión y esfuerzo consiguieron tener el primer campo de fútbol con porterías y redes.