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| Saco de Cuenca 16-4-1874 de Daniel Perea |
En la Tercera Guerra Carlista (1872-1876) fue uno de los poquísimos escenarios clave donde se inició abiertamente el levantamiento carlista, en tierras conquenses.
A mediados de mayo de 1872 tras el llamamiento general de Carlos VII, los primeros grupos rebeldes se alzaron en armas en Tragacete, Valdeganga y las Pedroñeras. Lo que forzó al ejército del Gobierno Liberal a movilizar de inmediato tropas desde Cañete para frenar el alzamiento.
Tragacete funcionó como paso fronterizo y refugio
estratégico militar, debido a su ubicación limítrofe con las provincias de
Cuenca, Teruel y Guadalajara, funcionando como aduana natural y corredor seguro
para las facciones carlistas.
Por parte del Gobierno, el mando liberal, estableció un control
defensivo desde la Primera Guerra Carlista (1836), urgente y necesario, para
fortificar la frontera desde Requena hasta Tragacete y Fuente García, con el
objetivo de cortar tanto suministros como la libre circulación de rebeldes
carlistas que cruzaban constantemente hacia el Maestrazgo o Aragón.
Las partidas rebeldes, al mando de Pechuán y Lázaro, tras
sufrir alguna derrota, o verse acorraladas, usaban las escarpadas montañas de
Tragacete para reagruparse, conseguir víveres o recibir a combatientes heridos
antes de marchar hacia Guadalajara.
Debido a su orografía, Tragacete se convirtió en la base
perfecta para la guerrilla, la táctica carlista más efectiva en la región. Aprovechaban
las montañas para esconderse de las columnas gubernamentales y asaltar de
improviso líneas de comunicación de la provincia, creando un clima de inestabilidad,
lo que facilitó hazañas de mayor envergadura como la del célebre Saco de
Cuenca en 1874.
El impacto económico, que estos hechos tuvieron para los
vecinos durante las guerras carlistas, fue devastador por la asfixia financiera
que se derivó de la doble tributación: agotamiento de suministros, reclutamiento
forzoso y saqueo de recursos ganaderos y forestales. Al ser un punto estratégico
en la Alta Serranía, tanto los rebeldes como las tropas del Gobierno Liberal
exigían pagos económicos, raciones obligatorias de víveres cada vez que entraba
una facción militar o se refugiaban en los montes.
Ayuntamiento y vecinos estaban obligados a entregar suministros
de manera inmediata. Pan, carne y vino para alimentar a las tropas, y pienso para
la caballería. Se entregaban fanegas de grano de cebada y paja, dejando vacíos
los pajares locales, y a los vecinos sin alimento para sus propios animales de
labor. Para rematar se producía una doble tributación, los rebeldes recaudaban
tributos forzosos bajo la amenaza de quemar cosechas y confiscar bienes.
Cuando las tropas liberales recuperaron el control de la
zona, sancionaron a los pueblos bajo la acusación de colaborar con los rebeldes,
obligando a la pobre gente a repartir lo poco que les quedaba para evitar
represalias.
Todas estas vicisitudes llevaron a la ruina la ganadería y
el comercio local. La economía de Tragacete históricamente se ha sostenido por
la ganadería brava y lanar, viéndose en esta época paralizada. Las ovejas y
vacas eran el principal objetivo de las guerrillas para el abastecimiento de
sus hospitales de campaña y cuarteles, por lo que era habitual el robo de
ganado.
Quedaron bloqueadas las rentas de arriería al cortarse las comunicaciones comerciales seguras hacia Cuenca, Teruel y Guadalajara. Los
vecinos no podían vender ni la madera de sus pinos, ni los productos derivados
del ganado.
El Ayuntamiento, para cumplir las demandas de los militares
y que no fusilaran a las autoridades locales, tuvo que solicitar préstamos
abusivos y emitir vales que rara vez cobraban. Esto generó una enorme deuda
pública municipal que se arrastró durante décadas tras el fin de la guerra en
1876.
(Fuentes: Biblioteca Nacional de España, Archivo Histórico Provincial y arrecaballo.es)

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